A raíz de un curso de posgrado dictado en el Departamento de Geología de la Facultad, dialogamos con el Dr. Pablo Bouza, investigador del Centro Nacional Patagónico de CONICET, ubicado en Puerto Madryn, quién explica cómo el estudio de los suelos actuales y del pasado ayuda a reconstruir climas antiguos y resulta indispensable para prevenir riesgos en la planificación del territorio.
Aunque habitualmente asociamos el suelo con la agricultura o la agronomía, para las ciencias de la tierra constituye un archivo geológico fundamental. Los suelos no solo sostienen la vegetación y los ecosistemas actuales, sino que preservan en sus capas la memoria climática y ambiental del planeta.
Para profundizar en estos enfoques, el Proyecto de Investigación “ Geomorfología y estratigrafía de la provincia de San Luis: bases para la planificación territorial”, dirigido por el Dr. Guillermo Ojeda organizó esta capacitación destinada a docentes investigadores y a estudiantes avanzados de geología. El curso abordó temáticas enfocadas en comprender la génesis y evolución de los suelos actuales para luego aplicar ese conocimiento a los paleosuelos. Según explica el investigador, analizar los suelos del presente permite «hacer el puente» e interpretar qué condiciones ambientales reinaban en épocas remotas de la historia terrestre.
«Cada paisaje tiene su suelo asociado», señala Bouza. En provincias como San Luis, por ejemplo, las condiciones climáticas marcadas por la aridez, la menor humedad relativa y la fuerza de los vientos generan suelos con un desarrollo incipiente en comparación con regiones más húmedas como la Pampa Húmeda o el Noreste argentino.
Cuando estos suelos quedan sepultados y preservados en el registro geológico, se transforman en archivos climáticos. “Su estudio permite determinar si un terreno antiguo estuvo expuesto a temperaturas extremas, sufrió anegamientos continuos o se desarrolló bajo regímenes de sequía. Para lograr una reconstrucción precisa de los paleoclimas ,incluso en épocas tan lejanas como el Período Cretácico, la era de los dinosaurios, la ciencia recurre a un trabajo interdisciplinario que integra la pedología con la paleontología y la paleobotánica”, relata Bouza.
Por su parte, el Dr. Ojeda resalta que entender la historia del paisaje es un paso elemental antes de tomar decisiones sobre el uso del suelo y la infraestructura urbana. La falta de articulación entre el conocimiento científico y la gestión pública suele derivar en problemas concretos cuando se proyectan barrios o infraestructuras en zonas vulnerables.
«El ejemplo de los suelos, y más que nada de los paleosuelos, nos permite ver procesos que ya han sucedido en el pasado y que son factibles de volver a ocurrir», advierte. «Muchos arroyos hoy tienen caudales muy bajos, pero en el pasado histórico o geológico han tenido otros comportamientos. Este conocimiento nos ayuda a predecir, anticiparnos y mitigar posibles riesgos».
Además de las clases teóricas y las prácticas de laboratorio, el curso contempló salidas de campo a lo largo de la cuenca del Río Quinto para observar afloramientos en directo. Asimismo, el equipo de investigación aprovechó la estadía del Dr. Bouza para analizar casos de estudio específicos en el piedemonte de la Sierra de Comechingones, donde tesistas de posgrado desarrollan sus investigaciones sobre la evolución del relieve y la dinámica territorial.
“El intercambio dinámico con las y los estudiantes dejó en evidencia el interés creciente por un área de la geología con amplio potencial de desarrollo en la región”, destacó Bouza.
El Curso contó con el apoyo institucional de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la UNSL y de la FCFMyN.